María Josefa Ezcurra (nacida en Buenos Aires, el 26 de noviembre de 1785), era una jovencita de apenas 16 años, gozosa de una buena posición económica y social, cuando conoció a Manuel Belgrano. Se enamoraron profundamente y mantuvieron una intensa relación entre 1802 y 1803. Sin embargo, su padre, Juan Ignacio, decidió casarla con su primo, Juan Esteban de Ezcurra -proveniente de Pamplona, provincia de Navarra, España-, el día 20 de agosto de 1803. Después de varios años de matrimonio, sin hijos, y disgustado con el rumbo político que tomaba el país tras la Revolución de Mayo, Juan Esteban regresó a su tierra natal. María se negó a acompañarlo y aunque nunca más volvió a verlo, él la nombró su heredera.
Guiada por sus impulsos amorosos,
cuando Belgrano fue nombrado General en Jefe del Ejército Auxiliar del Perú
-luego de crear la Bandera Nacional en Rosario-, María Josefa partió a
buscarlo.
En su
libro “Belgrano, el gran patriota argentino”, Daniel Balmaceda detalla:
“Josefa Ezcurra y su primo Juan Esteban se casaron en 1803. La relación tuvo un punto final en 1810, cuando el marido resolvió regresar a España, disconforme con los acontecimientos revolucionarios. Cabe especular que el matrimonio aún no se había calibrado. Porque Josefa quedó en Buenos Aires. Y, de esa manera, se separaron de hecho. Ese era el método habitual. Uno lejos del otro. La institución matrimonial se mantenía, pero solo en el título, ya que no había convivencia. Por lo tanto, la señora Ezcurra de Ezcurra lo era en los papeles y en todas las formalidades sociales. Pero en 1812 y con 25 años, esta joven que en 1802 había comenzado a tejer una historia de amor con Belgrano estaba sola.
Salteando páginas de glorias
belgranianas, llegamos a los últimos días de febrero de 1812. El general
recibió la orden de marchar al norte. Lo hizo de inmediato.
En cuanto a Josefa, la próxima
referencia que se tiene es que durante la primera quincena de marzo dejó Buenos
Aires para viajar al norte del territorio. Sola o tal vez en compañía de un
criado. ¿Cuántas mujeres abandonarían la ciudad capital para dirigirse a la
frontera, donde la guerra no era un comentario de tertulias sino un ejercicio
cotidiano? Según el biógrafo Isaías García Enciso, el viaje le demandó cuarenta
días. A fines de abril, en San Salvador de Jujuy, se reencontró la pareja.
A este rompecabezas le faltan muchas
piezas. Salvo que creamos que ella viajó en carruaje durante varias semanas
para sorprender a un hombre que había conocido diez años antes, lo más lógico
sería especular que habían seguido manteniendo contacto, probablemente luego de
la partida del marido.
¿Cuál fue el tiempo en que coincidieron
en Buenos Aires desde la separación informal de los Ezcurra? De los veintiún
meses que corrieron entre junio del año 10 y febrero del 12, Belgrano estuvo,
en forma discontinua, unos once meses. Si hubo correspondencia, cartas o
esquelas, nada de eso ha llegado a nuestros días. Pero el sentido común nos
indica que el caballero estaba al tanto del viaje de la dama.
Manuel y Josefa permanecieron juntos en
el norte alrededor de ocho meses que, a su vez, serían los únicos. En el
transcurso de esos meses de 1812 tuvieron lugar tres acontecimientos que
quedaron grabados en los anales de la Patria: la bendición de la bandera
argentina en San Salvador de Jujuy (el 25 de Mayo), el éxodo jujeño (iniciado
el 23 de agosto) y la batalla de Tucumán (24 de septiembre).
En Tucumán, a comienzos de enero de
1813, cuando el ejército se alistaba para marchar rumbo al norte en persecución
de los realistas, Manuel y Pepa se separaron, luego de ocho meses de amor y
guerra. Él se dirigió a Salta, mientras que ella tomó el camino de regreso.
Pero no llegó a Buenos Aires. Se detuvo en Santa Fe. A esperar el nacimiento de
su hijo. Porque cuando se despidió de su amado, tenía un embarazo de ocho
semanas.”
El niño nació en una estancia de Santa Fe, el 30 de julio de 1813. Casi un mes después, el sacerdote de la Iglesia Matriz de Santa Fe de la Veracruz, Malaquías Duarte Neves, escribió con pequeña y apretada letra en el Libro de Bautismos:
“En veinte y seis de Agosto de mil ochocientos trece, yo el Cura Rector puse óleo y crismas a Pedro Pablo, hijo de padres no conocidos, nacido el treinta de Julio, lo bautizó en necesidad don José Plaza. Padrinos: don Rafael Ricardes y doña Trinidad Muana, a quienes advertí la obligación de doctrinar y pura verdad.”
Evidentemente el bebé tuvo alguna complicación en el nacimiento dado que, como quedó registrado, se lo bautizó “en necesidad”, que es una sencilla ceremonia llevada a cabo cuando la urgencia de la situación lo amerita.
Además, en el margen izquierdo
del Acta dice: “Pedro Pablo, huérfano, pagados
8 reales”; efectivamente, para evitar la deshonra de María Josefa, que aún
se hallaba casada con su primo que residía en Cádiz, inscribieron al bebé de
esa manera, cuestión reafirmada en el cuerpo principal del texto al decir “hijo de padres no conocidos”.
La propia madre, poco después, se
llevó al bebé a Buenos Aires, donde quedó al cuidado de los recién casados Juan
Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra, conociéndose al
niño desde entonces como Pedro Pablo Rosas.
Cuando él era apenas un niño, el
20 de junio de 1820, falleció su padre biológico, Manuel Belgrano, sin embargo,
aún faltaban muchos años más para que descubriera su verdadera filiación…
Pedro Pablo compartía con su
padre putativo las prolongadas estadías en el campo y ya a los 16 años se
convirtió en su Secretario Privado. Del mismo modo, Rosas se preocupó por su
educación y su futuro patrimonio económico, de manera tal que repartió sus
tierras y ganado en forma equitativa entre él y sus hijos biológicos, Juan
Bautista y Manuelita.
En su libro “Rosas y sus opositores”
(1884), José Rivera Indarte menciona a Pedro Pablo de la siguiente
manera:
“El día 1 de diciembre de 1828 el general Lavalle hizo una revolución en Buenos Aires para derrocar a la administración de Dorrego, y lo consiguió. El coronel Dorrego el mismo día huyó para la campaña, y se reunió con Rosas. Dorrego y Rosas formaron una reunión numerosa, pero fueron encontrados cerca de Navarro por Lavalle con una columna de caballería, y completamente derrotados, dando vuelta gurupas, entre los primeros, el comandante de milicias Rosas. Lavalle dio libertad a sus prisioneros, y habiéndose traído a un hijo adoptivo de Rosas que llevaba una cantidad de dinero de su padre, y casi había sido asesinado por sus mismos compañeros, lo puso también en libertad.”.
El 17 de abril de 1832, el director del Departamento Topográfico, coronel José Arenales, instruyó al agrimensor Francisco Mesura para la medición y distribución de las tierras en torno al Arroyo Azul en suertes de estancia. Para dicha tarea, Juan Manuel de Rosas había dado órdenes precisas que incluían la concesión de vastas extensiones de campos a sus hijos Juan Bautista y Pedro Pablo. De esta manera, éste último, desde entonces figuraba como poblador de la suerte de estancia Nº 1, aunque no residiera en ella. Treinta años después, la propiedad contaría con “dos casas de material y cocina, un monte con cuatro mil árboles, un potrero grande de ñandubay, alambrado, y un ‘corral’ con 1.000 vacunos y 1.000 lanares”.
Meses
más tarde, antes de que concluyera el año, el coronel Pedro Burgos inició una
campaña cuyo objetivo -finalmente concretado- fue la fundación del Fuerte
San Serapio Mártir del Arroyo Azul.
Rosas y Belgrano participó, en
1833, en la expedición al Médano Redondo, en el Río Colorado. A su regreso,
continúo estrechamente ligado a la suerte de su padre adoptivo, quien, por su
parte, lo ayudaba en forma efectiva a construir su porvenir.
El
historiador Daniel Balmaceda en su libro describe el episodio en el que
Pedro Pablo fue anoticiado de su verdadera filiación:
“Juan Manuel Rosas y Belgrano (ahijado de Rosas), en una entrevista dada al diario ‘La Razón’ el 18 de septiembre de 1927 contó que en 1834, cuando Pedro Pablo tenía veintiún años, concurrió a su casa Francisco Chas, sexagenario, con varios objetos.
Don Francisco le dijo al joven que
cumplía un encargo que le habían hecho. Le entregó un reloj de oro, varias
medallas, un cuadro del prócer y un bastón de carey con empuñadura de oro y la
inscripción: ‘La ciudad de Buenos Aires al General Belgrano’, obsequio del
Cabildo en 1813 por la victoria de Salta que, no sabemos cómo, luego terminó en
manos de Bartolomé Mitre, quien lo donó al Museo Histórico Nacional. Todos esos
objetos habían sido entregados por Manuel Belgrano a su cuñado Francisco Chas
(casado con una hermana del general) poco antes de morir. Le había pedido que
los hiciera llegar a Pedro cuando cumpliera la mayoría de edad y que, además,
le comunicara que él había sido su padre.
Mientras recibía los objetos, el joven
le respondió: ‘Ya lo sabía. El general Rosas me lo había dicho en diversas
oportunidades’. Y, a partir de entonces, Pedro Pablo Rosas comenzó a presentarse
como Pedro Pablo Rosas y Belgrano.”.
Al Azul…
Durante el año 1837
Pedro Pablo Rosas y Belgrano se trasladó al Azul y ejerció como Juez
de Paz y Comandante del Fuerte San Serapio Mártir, con el grado de Mayor.
En una carta, destinada a su
progenitor, del 13 de julio de 1837, decía:
“El que firma tiene la mayor satisfacción en anunciar a V.E. que en este lugar, no habrá que intimidar ni a las mujeres ni a los hombres para que usen la divisa federal, sólo por descuido la dejará de tener uno que otro, pues sólo una infeliz extranjera se notó sin divisa en un baile que tuvo lugar el 9 de julio, donde asistieron más de cincuenta mujeres todas con su hermosa divisa y sus vestidos sin ningún color verde ni celeste. De no usar azul en la ropa ha prevenido amistosamente el que firma a los paisanos de más categoría y sin trabajo se cortará este mal, igualmente ha visto al señor Cura quien está dispuesto a observar cuanto se le encargue.”.
Pocos meses después, Rosas y Belgrano dejaba entrever que no se sentía a gusto plenamente con su designación como Juez de Paz:
“¡Viva la Federación!
Señor
don Juan Manuel de Rosas
Fuerte Azul, Noviembre 2 1837.
Mi
querido padre:
Con motivo de mandar
ahora la Terna para el nombramiento de Juez de Paz como es de costumbre, quiero
tener el gusto de saludar a Ud. al paso que me avanzo a darle mi opinión, no
por considerarla válida, sino porque creo es mi deber hacerlo.
Sabrá bien que la Comandancia unida
al Juzgado y desempeñada por una sola persona, es bastante recargado, es verdad
que no hay grandes cosas que hacer, pero si esto se puede remediar me parece
sería más útil, no solo al mejor servicio, sino a las personas encargadas de
desempeñarlo. (…)
Ud. sabe bien el estado de debilidad
en que yo estaba cuando vine a éste Punto y lo que padecía de los nervios.
Cierto que ahora estoy un tanto robustecido, pero no para contraerme mucho
tiempo en el ejercicio que tengo, por lo que espero se servirá hacerme relevar,
esto es en caso que considere mi permanencia, no es de suma necesidad; pues si
lo fuere puede contar con que hasta que no pueda absolutamente he de hacer lo
que Ud. me mande seguro que ésta ha sido y será eternamente mi opinión. Siendo
lo contrario esperaremos un poco de más tiempo para servir con más provecho a
nuestra Patria.
Estos son los sentimientos sinceros,
de su más afectuoso hijo.
Pedro de Rosas.”.
Las
atribuciones de los jueces de Paz eran diversas, ya que además de ejercer
funciones civiles y correccionales (en asuntos de bajo monto y delitos
menores), debían cumplir otras de gobierno, tanto fiscales como recaudadores de
contribuciones y rentas del Estado, como censales y electorales. Nombrados
por el propio Gobernador, surgieron durante el proceso de supresión de los
Cabildos en la gestión de Bernardino Rivadavia, como ministro de Martín
Rodríguez. Progresivamente fueron sumando otras facultades como la de Comisario
de Policía -desde la circular del 6 de octubre de 1836-, y la de Comandante
Militar de Frontera, tal como ocurrió en Azul. Esto
hizo que fuera clave su poder de policía, no sólo para mantener el orden sino
para el reclutamiento de soldados para el ejército de línea entre “vagos y malentretenidos”, cada vez que
un estado de guerra o la lucha contra el indio lo requerían.
A través del decreto del 9 de
abril de 1836, se estableció que los jueces de paz salientes debían remitir al
gobierno provincial una terna con los posibles sucesores. En noviembre de 1839
el juez de paz del Fuerte Azul Manuel Capdevila “propone en terna a los Ciudadanos
relacionados a continuación a la superioridad para sí tiene a buen nombrar al
que deba desempeñar el Juzgado el año próximo de 1840: Dn. Pedro Rosas y
Belgrano, Dn. Pascual Lavié y Dn. Vicente Carballo”. El propio Capdevila
describía a Rosas y Belgrano de la siguiente manera: “Federal nato, natural de Buenos Aires, de edad de 28 años, de estado
Soltero. Capital 30.000 pesos, conducta excelente, aptitudes excelentes,
ejercicio hacendado, residencia permanente en su Estancia a media legua al Sud
de este punto, sabe leer y escribir muy bien, sirvió al Ejército Restaurador en
1829, he hizo la Campaña al desierto y ha desempeñado el Juzgado de Paz en
1837.”.
Rosas y Belgrano fue el juez de
Paz que durante más tiempo ocupó el cargo en Azul. Sumó casi veinte años, aunque
con intervalos.
Rosas y Belgrano tuvo alguna
actuación reprimiendo las ramificaciones locales de la sublevación de los Libres
del Sur acaecida en 1839. A fines de ese año pediría ser relevado para
dedicarse a administrar sus estancias.
A la
vera del Arroyo Azul, cerca del paso conocido como “San Benito” (actual
Balneario Municipal “Almirante Guillermo Brown”), se hallaba el casco de
La educación
rosista
En
1837, la porteña y religiosa Sor Gregoria Tapia envió al
gobernador bonaerense, Juan Manuel de Rosas, un oficio por
el cual le solicitaba su nombramiento formal como “Maestra de primeras letras del Azul”, enfatizando: “… poseída de los más ardientes y religiosos
sentimientos, me trasladé de esa Capital a este Pueblo con el noble objeto de
ser útil a la humanidad”, agregando que desde hacía dos años
estaba ejerciendo las funciones de maestra de primeras letras y de costura.
Esto hace suponer que la monja se hallaba en el Fuerte San Serapio Mártir del
Arroyo Azul prácticamente desde sus orígenes. A su vez, lo dicho se reafirma
cuando ella reniega de los ofrecimientos que le hiciera el coronel Pedro
Burgos, pues las promesas (que no aclara cuáles fueron) nunca se cumplieron,
sobre todo si tenemos en cuenta que en 1836 el militar y fundador del Fuerte se
alejó del mismo para nunca volver. En consecuencia, podemos suponer que, al
menos desde 1835, de la mano de esta abnegada hermana, Azul tenía a su “primera
maestra azuleña”.
En una carta dirigida al
Gobernador, Pedro Pablo Rosas y Belgrano informaba -a la par del oficio de
la religiosa-, que concurrían 30
alumnos a la escuela, con el agregado de que el establecimiento recibía
a estudiantes de ambos sexos, cosa que entonces no se estilaba por ejemplo ni en
Buenos Aires, ni en Córdoba. En consecuencia, respaldaba o impulsaba el
nombramiento efectivo de la religiosa.
Rosas
respondió:
“Buenos Aires, octubre 16 de 1837. Vista
la presente solicitud, se concede a la suplicante Sor Gregoria Tapia desde el
primero de noviembre próximo una dotación de veinte pesos mensuales en moneda
corriente, y veinte por ayuda de costas, mientras permanezca de maestra en
Nuevamente…
Pedro Pablo Rosas y Belgrano fue
nombrado juez de Paz y comandante del Azul el 27 de diciembre de 1840 y, sin
interrupciones, tuvo renovado su mandato por resoluciones del 16 de diciembre
de 1843, del 29 de diciembre de 1845, del 16 de diciembre de 1846 y del 29 de
abril de 1848.
Tras su nombramiento quedó oficialmente
encargado de las relaciones con los indígenas en todo el sur de la provincia.
Se ocupaba de lo que Juan Manuel de Rosas llamaba el “Negocio Pacífico”, es
decir, un sistema de regalos consistente en entregar a los “indios amigos”
provisiones de yeguarizos, alcohol, azúcar, yerba mate, naipes y vestimenta,
entre otras cosas, a cambio de que los indígenas se mantuvieran en paz con las
poblaciones de frontera y ayudaran a reprimir a los que las atacaran. También
llevaba adelante las relaciones diplomáticas y el correo entre los indios y el
gobierno provincial, estableciendo así relaciones muy estrechas con los pueblos
originarios, tanto como con otros estancieros y gauchos del sur bonaerense.
Pedro Pablo se convirtió en una
pieza esencial del engranaje rosista. Mantenía
un férreo vínculo con los vecinos del pueblo y con Ignacio Coliqueo, Juan Calfucurá, Cipriano
Catriel, Painé, Cachul y otros tantos temibles jefes de los pueblos
originarios. William Mac Cann, en su obra “Viaje a caballo por las
Provincias Argentinas”, sentencia: “El
cumplimiento de las clausulas del tratado estaba encomendado a don Pedro Rosas
y Belgrano, persona muy querida por todos: indios, criollos y extranjeros”.
Una familia con pequeñas y grandes
vinculaciones…
En su obra “Historia del antiguo pago del Azul”,
el reconocido historiador azuleño Dr. Alberto Sarramone rescata el
trabajo de un colega y hace una importante aclaración:
“‘Rosas -dice el prestigioso historiador Benito Díaz-, fue en todo sentido un conservador. Reacio a todo cambio, le gustaba perfeccionar lo existente hasta el máximo: de allí su carácter centralizador y absorbente. Prudente en tomar las decisiones, era inflexible en hacerlas cumplir cuando se resolvía en uno u otro sentido. Muchos jueces de paz sintieron el peso de sus reconvenciones y de su desagrado. Exigía claridad en las notas oficiales, puntualidad en la remisión de ellas y en las relaciones periódicas, honradez en la administración de los caudales públicos... En honor a la verdad, muchas veces fue necesaria esa minuciosidad, dada la poca preparación de los electos como jueces de paz, que a veces apenas si sabían leer y escribir, salvo honrosas excepciones, como la de Don Pedro Rosas y Belgrano, del partido del Azul, cuya redacción, estilo y caligrafía denotan un espíritu relativamente culto, activo y organizador.’.
Hay algo que
el autor citado desconoció, y sin ánimo de menoscabar a Rosas y Belgrano. El
padre del recordado Paulino Rodríguez Ocón, don Pedro Rodríguez Ocón, era el
Comisario de Órdenes del mencionado Juez de Paz y a él debe buena parte de su
lucimiento el hombre de Azul.”.
Hijo de Tomasa Villaronga y Juan Antonio Rodríguez Ocón, españoles, fundidores de oro y plata en tiempos del Virreinato, Pedro León Rodríguez Ocón nació en Buenos Aires el 28 de junio de 1813.
Fue soldado de la escolta de Juan
Manuel de Rosas durante el sitio de Montevideo, y tuvo allí a su cargo
la proveeduría del ejército de Manuel Ceferino Oribe y Viana. En aquella ciudad
uruguaya contrajo matrimonio con María
Sánchez Astorga y allí nacieron sus hijos María, Ventura, Juana,
Severo, Pedro y Manuel. Más tarde, cuando la familia regresó a la ciudad de
Buenos Aires, nacieron sus dos últimos hijos: Indalecia y Paulino.
Fue comisario de Órdenes del juez de Paz de Azul, Pedro
Pablo Rosas y Belgrano. También fue proveedor
de los ejércitos de Adolfo Alsina y Julio A. Roca en la conquista del mal
llamado desierto.
En el año 1876, viudo y con sus hijos, decidió establecerse
definitivamente con su negocio en el Azul.
Paulino Rodríguez Ocón -que había nacido en la ciudad de
Buenos Aires el 18 de junio de 1859-, siendo muy joven instaló su estudio de
procurador y martillero de hacienda en el prometedor destino que había decidido
aceptar en compañía de su padre y hermanos.
A pesar de su labor, pronto comenzó su relación con el
periodismo mediante artículos esporádicos que enviaba a los medios locales. Y
su perseverancia lo convirtió en redactor (fundador y director en algunos
casos), de los diarios azuleños “El Eco del Azul”, “La
Razón”, “La Voz del Pueblo”, “El Pueblo”, “La Opinión”, “La
Enseña Liberal” y “El Imparcial”, medios en los
cuales dejó su impronta y también diversos testimonios de sus propias andanzas.
Gracias a esta pasión periodística, su amplia percepción cultural, su visión
política y diversos negocios, comenzó a entretejer una extensa y rica red de
contactos entre personalidades porteñas y azuleñas de la época.
Aquí, Paulino contrajo matrimonio con Francisca
Arrillaga, una viuda joven que tenía dos hijos pequeños de su primer
esposo (María Concepción y Marcelo Caminos). El nuevo matrimonio tuvo seis
hijos: Adela Lidia, María Luisa, Paulina Teresa, María Esther, Julio César y
María Alcira.
Particularmente sus hijas, en especial Concepción
y Paulina
Teresa, tomaron la costumbre de coleccionar postales a las que
atesoraban en un precioso álbum. Cada una de ellas no sólo poseía una hermosa
imagen, sino que guardaba la dedicatoria o la firma de las más diversas
personalidades con las que tenía vinculación la familia. Entre esos tesoros
brilla la postal que les mandara Bartolomé Mitre poco antes de su
fallecimiento.
La misma fue enviada en 1905 -sin notarse la fecha exacta del sello del
correo-, desde Buenos Aires, con la reproducción fotográfica de la escultura
del “Genio del pensamiento”, uno de
los dos ornamentos artísticos del Mausoleo del general Manuel Belgrano, más la
escritura de puño y letra de Mitre: “¡Gloria a Belgrano!”, y su firma.
Aquella postal, enviada por el autor de la “Historia de Belgrano y de la Independencia
Argentina”, se preserva en un álbum cuidado con delicadeza en la actualidad
por María
Minellono, nieta de Paulina Teresa.
Amor… amores…
A finales de la década del ’30,
Pedro Pablo comenzó una relación sentimental con una joven radicada en Azul
llamada María Juana de los Dolores Rodríguez. La porteña había nacido
el 24
de noviembre de 1821 (bautizada en la Parroquia de Montserrat siete
días después de su natalicio), y era hija de Juan Francisco Rodríguez
y María Brígida Marturano Sosa.
Pedro Pablo y Juana tuvieron dieciséis
hijos (algunos fuera y otros dentro del matrimonio), de los cuales
buena parte fallecieron siendo niños. En diversos registros fue posible
encontrar a: Dolores (1839); Pedro Servando (1841); Juana
Manuela Nieves (1842); Francisco (1843); Braulia
(1845); Melitona (1846); María Josefa Benita Ramona (1850); Manuel
Casimiro Francisco Javier (1853); Juan Manuel Dámaso Daniel Estelita
(1854); Francisco Narciso (1856) y Justo Jacinto Emiliano (1858).
Casi todos fueron bautizados en
la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Azul, aunque no necesariamente habían
nacido en el pueblo.
A pesar de esta importante
descendencia con Juana, en diciembre de 1849 nació en Azul un bebé, al que poco
después Pedro Pablo reconoció como suyo, siendo su madre la azuleña María
Cosme Damiana Ramos (nacida en 1837; hija de Manuel Ramos y María
Crespo). Éste niño figura en el Acta de Bautismo como Manuel Belgrano, habiendo
sido bautizado por el Padre De la Sota, el 1 de agosto de 1850.
El 29 de octubre de 1851,
Pedro y Juana celebraron su matrimonio religioso en la Iglesia de Nuestra Señora del
Rosario de Azul. Los padrinos de la ceremonia fueron Manuel
Ángel Medrano y la madre del novio –aunque no legalmente reconocido el
vínculo-, María Josefa Ezcurra. Al no poder ella viajar desde la ciudad
de Buenos Aires, fue representada en la ceremonia por Sor Gregoria Tapia,
siendo ésta la última actuación pública de la religiosa que se tenga registro
conocido. El sacerdote que consagró la unión fue Clemente Ramón de la Sota.
Condenado a
muerte tras “San Gregorio”
La batalla de Caseros,
que significó el fin del gobierno de Juan Manuel de Rosas, fue ganada por
una amplia alianza, de la que formaban parte fundamentalmente los federales del
Litoral y los unitarios del interior y de la ciudad de Buenos Aires, sumando
algunos apoyos externos. Pronto, las provincias del interior llegaron a un
amplio acuerdo con el general Justo José de Urquiza, a quien
dieron el mando provisorio del país y encargaron organizar
Pero el 11 de septiembre de 1852,
cuando Urquiza estaba en viaje hacia Santa Fe para inaugurar sus sesiones, los
líderes unitarios derrocaron al gobernador delegado y rechazaron una vez más el
Acuerdo. De hecho, se separaron del resto del país, iniciando lo que se llamó
el Estado
de Buenos Aires. Urquiza inauguró la Convención sin la presencia
porteña.
El día 15, Pedro Pablo Rosas y Belgrano,
desde Azul, adheriría al levantamiento de Buenos Aires contra Urquiza. En una
carta a Valentín Alsina, jefe de la sublevación, el vecino azuleño le
diría: “…mi posición está libre de
ciertas trabas que me eran de peculiar estorbo. Cuente el gobierno y cuenten
todos los buenos patriotas con mi cooperación decidida en sostener el honor, la
libertad y bienestar de nuestra amada Provincia, tan vilmente ultrajada por un
hombre sin corazón ni razón”. Ese hombre “sin corazón ni razón”
era el general Justo José de Urquiza. Sin embargo… Después de la caída de su
padre putativo, Rosas y Belgrano había seguido siendo el Juez de Paz de Azul,
por orden directa de Urquiza. Y luego, por disposición del comandante de
campaña Hilario Lagos, había sido nombrado Comandante del Regimiento de
Caballería Número 11, con sede en Azul.
Los porteños organizaron dos
ejércitos: uno se estableció en San Nicolás, al mando del general Gregorio
Paz; el otro ejército invadió Entre Ríos en noviembre, dividido en dos
cuerpos, uno al mando de Juan Madariaga y el otro al de Manuel
Hornos. Pero la doble invasión fue derrotada por los entrerrianos.
Rosas y Belgrano estaba en Buenos
Aires cuando el coronel Hilario Lagos, se pronunció contra
el gobierno el 1 de diciembre. En pocos días dominó los partidos del interior
de la provincia y se dirigió a la ciudad de Buenos Aires. A pesar de que las
milicias urbanas, dirigidas por Bartolomé Mitre, evitaron que la
ciudad fuera tomada en el primer asalto, las tropas de Lagos la rodearon con un
cerco militar y, en menos de una semana, le impusieron un verdadero sitio.
El gobernador Manuel
Guillermo Pinto (del 11 de septiembre al 31 de octubre y del 7 de
diciembre de 1852 al 28 de junio de 1853) se entrevistó con Mitre y con el
coronel Pedro Rosas y Belgrano, quien le aseguró que contaba con
simpatías suficientes en los cantones de frontera sur con los indígenas, como
para enfrentar a Lagos desde la retaguardia. El Gobernador envió al Coronel con
unos pocos acompañantes al puerto del Tuyú y le prometió enviarle en unas
semanas un importante refuerzo de infantería.
Apenas desembarcado, Rosas y
Belgrano convocó a los caciques indígenas para que cumplieran sus compromisos
de un año antes cuando, poco antes de la batalla de Caseros, habían prometido
defender a Buenos Aires de un ataque exterior.
La noticia de la expedición de
Rosas y Belgrano levantó los ánimos de los porteños, mientras que los federales
se dedicaron a tratar de detenerlo antes de que aglutinara demasiada gente a
sus espaldas. Reunió varios grupos dispersos y marchó hasta Dolores,
donde logró reunir unos 3.500 cristianos y algo más de 1.000 indios. Pronto
regresó hasta la costa del río Salado, a esperar la prometida
expedición naval con armas y municiones, que nunca llegó. Se instaló cerca de
la desembocadura del río, en el puesto de “San Gregorio”, donde apenas había
un monte de talas y un rancho.
El jefe de la vanguardia del
ejército de Lagos, Juan Francisco Olmos, reunió algunos hombres y se estableció
en
El “Combate de San Gregorio”
se desencadenó el 22 de enero de 1853.
Al llegar frente al ejército
enemigo, Costa puso a sus tropas al mando del general Gregorio Paz, jefe de su
estado mayor. Por su parte, Rosas y Belgrano delegó el mando de las suyas en el
coronel Faustino Velazco, recién incorporado al ejército porteño.
Las tropas de ambos ejércitos
formaron en la ubicación tradicional, con sus alas de caballería y su centro de
infantería y artillería. Sin embargo, antes de terminar de ubicarse, los
indígenas del ejército de Rosas y Belgrano conferenciaron con los indios que integraban
en el ejército federal y, de común acuerdo, todos abandonaron el campo de
batalla. Con este cambio, la situación quedó ampliamente a favor del
ejército de la Confederación. Además, contaban con mucho mejor armamento,
mejores mandos intermedios y más experiencia en las tropas.
Paz inició el ataque con una
carga de caballería muy cautelosa, que fue fácilmente rechazada. Pero cuando el
teniente coronel Nicanor Otamendi pretendió contraatacar, sus hombres se negaron
a obedecer y lo tomaron prisionero. Pasaron entonces dos horas de expectativa,
con los dos ejércitos intentando mejorar sus posiciones.
Viendo la situación, Paz ordenó
un ataque general de su caballería, que se llevó por delante al ejército
enemigo en minutos. Muchos de los soldados intentaron salvarse lanzándose al
río, pero las barrancas de la costa les impidieron terminar el cruce y muchos
murieron ahogados. Sin embargo, los menos, como el joven y valiente Matías
B. y Miñana, de casi veinte años, pudieron concretar la hazaña nadando
por el imponente río. Otros, como el coronel Velazco, quedaron encerrados
contra las altas barrancas y fueron asesinados.
Los que fueron alcanzados antes
por los oficiales que por los soldados, como Ramos Mejía, Otamendi y Rosas y
Belgrano, salvaron sus vidas. Pero fueron tomados prisioneros. Sólo muy pocos
pudieron escapar, entre ellos el coronel Campos y el joven José Hernández (quien 20
años más tarde publicaría su célebre “Martín Fierro”), que en dicho
combate tuvo su bautismo de fuego, a los 18 años de edad.
Al mediodía, la batalla había
terminado.
Pedro Pablo Rosas y Belgrano fue
trasladado detenido, primero, a una casa en San José de Flores y, posteriormente,
a la Villa
de Luján. Un Consejo de guerra -presidido por el coronel Isidro
Quesada-, lo condenó a muerte a pesar de la
defensa que de él hizo el coronel Antonino Reyes. Pero Lagos
no quiso cumplir la orden y lo puso en libertad, considerando la carta que Manuela
Mónica del Corazón de Jesús Belgrano le entregara pidiéndole por la
vida de su hermano “teniendo en cuenta su
sangre”.
En aquél pueblo estuvo demorado
en una propiedad, vigilado por el juez de Paz nombrado por los urquicistas,
hasta que terminó el sitio. Cuarenta años antes –a fines de 1813-, su padre
había estado como él privado de la libertad en la misma Villa, hospedado en una
casa frente al Cabildo, procesado por las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.
Otra vez al
Azul, por poco tiempo…
Rosas y Belgrano renunció a su
banca como diputado el 20 de julio y el 3 de agosto de 1853 fue repuesto como Juez
de Paz de Azul, cargo al que agregaría en 1854 el de Comandante del
regimiento de Caballería 11º de Guardias Nacionales. En febrero viajó hacia
Buenos Aires y en abril se le dio el alta en la Plana Mayor Activa del
Ejército.
En febrero de 1855 pidió la baja
por mala salud. Por entonces recrudecieron los ataques contra los que habían
simpatizado abiertamente o formado parte del gobierno de Juan Manuel de Rosas.
Las nuevas autoridades decidieron confiscar todos los bienes de éste y
de sus hijos. Consecuentemente, dado que legalmente Pedro llevaba el apellido
del “Restaurador de las Leyes”, perdió
todo su capital… Fue propietario hasta entonces de las suertes de estancia
números: 1, 2 y 3 (conformando las tres juntas “El Recreo”); 21, 37, 64 (“Puesto de los Bueyes”), 65, 191, 192 (“San Benito”), 193, 194, 195,
217,
237;
238 y 241 (“La Colorada”), y 266.
Harto de todos los conflictos
planteados, en primera instancia se marchó a la República Oriental del Uruguay,
donde el 10 de enero de 1856 nacería su hijo Francisco Narciso. Luego,
retornó a la Argentina, instalándose en la provincia de Santa Fe, para terminar
prestando servicios en las fronteras norte y oeste. Con toda su familia se radicó
en Rosario, en un hogar ubicado en la calle Rioja 74 (entre las
actuales calles Juan Manuel de Rosas y Buenos Aires).
El 6 de septiembre de 1856,
a los 70 años de edad, falleció María Josefa Ezcurra. La madre de
Pedro Pablo había sido una de las protagonistas del régimen rosista, a pesar de
que en algunos momentos la relación con su cuñado se tensara. Tras la muerte de
su hermana, Encarnación, se había hecho cargo de Manuelita, su sobrina, hasta
que la jovencita se exilió junto a su padre tras la derrota de Caseros.
Pedro
Pablo conoció su verdadera filiación. Portó el apellido de su padre biológico
desde que supo sus orígenes. Sin embargo, siempre preservó en secreto el nombre
de su madre para evitar la deshonra de aquella mujer a la que debió llamar
“tía”.
El “ahijadito”
del General
El día 11 de septiembre de 1858,
en Rosario, nació Justo Jacinto Emiliano Rosas y Belgrano, hijo de –el último del
que se tenga registro- Pedro Pablo y Juana.
El niño fue bautizado en la iglesia
rosarina de Nuestra Señora del Rosario, el 13 de octubre de 1859. Sus padrinos
fueron el “Excmo. Sr. Presidente y Capitán General Justo José de Urquiza y doña
Dolores Costa de Urquiza”. En definitiva, quien derrotara a su abuelo
putativo y lo enviara al exilio, se convirtió en su padrino de Bautismo junto a
su esposa. Al no encontrarse presentes en el acto, el matrimonio fue
representado por Tomás Antonio Peñalosa y Antonia Machado.
Años más tarde, el joven soltero se
radicó en Azul donde, con apenas 19 años de edad, falleció por un “derrame cerebral según el testimonio de
José María Ulloa (…) y de Gabriel Pérez (…)”, el día 10 de enero de 1878, siendo inhumado en el Cementerio Único de
Azul, en una sepultura actualmente desconocida.
A las órdenes
de Urquiza...
Poco después de la batalla
de Cepeda, el general Urquiza volvió a avanzar sobre Buenos Aires. Allí
organizó la defensa el general Bartolomé Mitre, mientras los jefes
de frontera trataban de defenderse de un posible avance desde el sur. Urquiza
nombró a Rosas y Belgrano comandante de armas del sur de la provincia de Buenos
Aires y lo envió hacia esa zona -culminando así sus trajinares por la zona del
litoral, a la que no volvería-.
El flamante Comandante convenció
al cacique general Calfucurá, para que enfrente al comandante Ignacio Rivas en Cruz de
Guerra, pero el ataque fracasó.
El 10 de noviembre de 1859,
Rosas y Belgrano, el coronel Federico Olivencia y un grupo de
indios tomaron el pueblo del Azul.
Por su parte, el comandante Linares
se presentó en Tandil, que estaba indefensa por haber salido su comandante, Benito
Machado, a defender Azul. De modo que los habitantes de Tandil lo
dejaron tomar la ciudad a cambio de que los indígenas que venían con él
quedaran afuera, pero éstos se sublevaron y saquearon la ciudad.
Simultáneamente, llegó al Azul el
coronel Nicolás Ocampo con un reducido grupo de soldados del Regimiento
Nº 16 de la Guardia Nacional. Ante el panorama planteado y conocedor de viejos
rencores entre Olivencia y Rosas y Belgrano, Ocampo se reunió con el primero
buscando que deponga su actitud. Ambos se entendieron…
Olivencia y sus hombres
abandonaron el pueblo. Machado regresó a Tandil, obligando a Linares a huir.
Los indígenas que habían llegado
a Azul con el coronel Rosas y Belgrano también lo abandonaron. “…Desde los techos de las casas del pueblo,
no se veían más que enormes y grandes trozos de haciendas, indios, y densas
nubes de polvo. Debía sin duda producir congoja y estupor el ruido seco
producido por la marcha de las haciendas y el alarido aterrador de los
salvajes”.
El Coronel debió huir, pero fue
tomado prisionero en cercanías de Rosario y, a pesar de que algunos oficiales
pidieron que fuera ejecutado, su vida fue respetada por órdenes del general Bartolomé
Mitre. Éste último, viendo que el primogénito de Belgrano estaba muy
enfermo, lo dejó regresar a Buenos Aires empero con la condición expresa de que no se
acerque al Azul. Mientras tanto, Federico Olivencia fue premiado con un
pergamino entregado por los principales hacendados y comerciantes del Azul por
haber defendido al vecindario de “las
depredaciones y los escandalosos robos de las fuerzas” invasoras…
Con la ayuda
de Mitre
Al asumir Bartolomé Mitre en 1860
la gobernación de la provincia de Buenos Aires, Pedro Pablo le escribió
felicitándolo por su posición pacificadora. En 1861 le envió nuevamente una
misiva solicitándole autorización para regresar a su casa en Buenos Aires.
Mitre envió entonces un oficio al coronel Manuel Anselmo Ocampo, presidente del
Senado y a cargo interinamente del Poder Ejecutivo, para que se le pagara lo
que el Estado le adeudaba. De acuerdo con su familia, Pedro Pablo resolvió
comprar la quinta de su tío Joaquín Belgrano, en San José de
Flores, que tantos gratos recuerdos le traía de su infancia y adolescencia.
El patrimonio económico que había
reunido a lo largo de su vida se había deteriorado debido a los enfrentamientos
políticos y militares en los que participó entre unitarios y federales. Exiliado
y expropiado en varias oportunidades, llegó a hipotecar todas sus propiedades,
la quinta que compró en Flores y hasta la casa que habitaba en Buenos Aires, en
la Av. Belgrano Nº 208, que había puesto a nombre de su cuñado Vega Belgrano.
El 20 de abril de 1861
fueron bautizados en la iglesia de San José de Flores, en Buenos
Aires, Manuel Casimiro y Juan
Manuel, siendo padrinos del primero Manuela Mónica Belgrano y
su marido Manuel Vega Belgrano, mientras que del segundo fueron padrinos
el propio Juan Manuel de Rosas (representado en el acto por hallarse
exiliado en Southampton, Inglaterra) y su hermana Mercedes Rosas de Rivera.
Camino al
descanso eterno…
La salud de Pedro Pablo comenzó a
deteriorarse aceleradamente. Los problemas económicos que debió enfrentar,
agravaron su estado.
Pasó sus últimos días en la casa de
la calle Belgrano Nº 208 de la ciudad de Buenos Aires. El 23 de septiembre convocó
al escribano José Victoriano Cabral y, en presencia de los testigos Gregorio
Espinoza, Federico Terrero y Manuel Saubidet, dictó su testamento que inició
así:
“En el nombre de Dios Todopoderoso y con su Santa Gracia, Amén. Sea notorio que, don Pedro Rosas y Belgrano, natural y vecino de esta ciudad, hijo natural del General Manuel Belgrano, hallándose en su eterno y cabal juicio, dispuso que su cuerpo sea sepultado en la necrópolis católica, en cuya fe había vivido”.
En el documento nombró albaceas a su esposa, a su hijo Pedro y a Manuel Vega Belgrano, su cuñado.
Pedro Pablo Rosas y Belgrano
falleció el 26 de septiembre de 1863, en la casa ubicada a pocas cuadras de
donde había fallecido su padre a los cincuenta años de edad, igual que él.

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