Manuel
estudió en el Real Colegio de San Carlos, antecedente del actual Colegio
Nacional de Buenos Aires.
Siendo
un importante comerciante de la ciudad, Domenico logró enviar a sus hijos
Francisco y Manuel a estudiar a Europa, deseoso de que se instruyeran en
comercio. Sin embargo, Manuel prefirió estudiar Derecho en las universidades
españolas de Valladolid y Salamanca.
A
los 18 años, Manuel se graduó como Bachiller en Leyes, con medalla de oro, en
la Cancillería de Valladolid, dedicando especial atención a la economía
política. Por tal motivo, en Salamanca, fue el primer presidente de la Academia
de Práctica Forense y Economía Política. Se rodeó de la élite intelectual
española, círculo en el que se discutía la reciente “Revolución francesa”,
cuestionándose el derecho divino de los reyes, pugnando por la igualdad ante la
ley y la aplicación universal de la Declaración
de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Al
regresar a su tierra natal, fue designado Secretario del Real Consulado de Comercio de
Buenos Aires, cargo desde el que bregó por fomentar la agricultura, la
industria y, por sobre todo, la educación pública, logrando la fundación
de las Escuelas de Náutica y Dibujo.
Trabajando
en el Consulado, fue designado capitán de las milicias urbanas de Buenos Aires
en 1797 por el virrey Pedro de Melo. Poco después, el virrey Rafael de Sobremonte
le encomendó la formación de una milicia en previsión de algún ataque inglés.
Justamente, el 25 de junio de 1806 desembarcó en Buenos Aires una expedición de
1.600 soldados al mando de William Carr Beresford, dando inicio a las “Invasiones Inglesas”. Belgrano marchó con
algunos hombres al Fuerte de Buenos Aires, pero sin conocimientos de milicia,
pronto debió ordenar la retirada. Tras tomar la ciudad, los ingleses exigieron
a todas las autoridades que prestaran juramento de lealtad. El Consulado en
pleno accedió a la demanda inglesa, salvo Belgrano que se exilió en la Banda
Oriental.
Manuel
regresó tras la reconquista y se unió a las fuerzas de Santiago de Liniers. Fue
nombrado sargento mayor del Regimiento de Patricios, bajo las órdenes de Cornelio
Saavedra, y profundizó sus estudios de táctica militar. También volvió a
hacerse cargo del Consulado.
En
mayo de 1810 fue uno de los principales dirigentes de la insurrección que se
transformó en la Revolución de Mayo, lo que no le impidió continuar dirigiendo y
editando el “Correo de Comercio”.
Participó activamente en el Cabildo Abierto del 22 y votó por el reemplazo del
Virrey por una Junta, que fue la propuesta vencedora. El 25 de mayo fue elegido vocal
de la Primera Junta de Gobierno.
Aunque
no era militar profesional, fue nombrado General al mando del ejército
libertador del Paraguay.
En
sus campañas militares llamó la atención su frugalidad y su modo de vida
equiparable al de un soldado raso. Al mando de un pequeño e inexperto ejército,
aseguró la autoridad del nuevo gobierno en la Mesopotamia argentina,
organizando como villas y dándoles una fundación formal a los pueblos
preexistentes de Curuzú Cuatiá y Mandisoví (cerca de la actual Federación, Entre
Ríos).
Ya
en territorio paraguayo, logró una primera victoria sobre los realistas en la
batalla de Campichuelo, pero resultó derrotado por tropas numéricamente
muy superiores en las batallas de Paraguarí y Tacuarí. Estas derrotas, en 1811,
significaron un revés para el intento de mantener a Paraguay unido a la
Argentina.
Después
del fracaso de la expedición, la Junta de Buenos Aires le inició una causa el 6
de junio de 1811. Sin embargo, poco más de dos meses después, con la certeza de
que la conducta de Belgrano fue intachable, lo absolvieron.
El
12 de octubre del mismo año, en Paraguay, firmó con el recientemente
constituido primer gobierno independiente de dicho territorio un Tratado de
Amistad, Auxilio y Comercio para una Confederación.
Fue
nombrado jefe del regimiento de Patricios en reemplazo de Cornelio Saavedra.
Pero el Regimiento se negó a aceptarlo como su jefe y se amotinó -en el llamado
Motín de las Trenzas-, que fue sangrientamente reprimido. Para recomponer la
disciplina, fue enviado a Rosario a vigilar el río Paraná
contra los avances de los realistas desde Montevideo. Allí, a las orillas del Río,
el 27
de febrero de 1812 enarboló por primera vez la bandera argentina,
creada por él con los colores de la escarapela. Lo hizo ante las baterías de
artillería que denominó “Libertad” e “Independencia”.
El
ministro Bernardino Rivadavia, parte del gobierno centralista de Buenos
Aires y de posturas europeizantes, le ordenó destruir la bandera. Sin embargo,
Belgrano la guardó y decidió que la impondría después de alguna victoria... El
mismo día que hizo flamear la bandera, fue nombrado jefe del Ejército del
Norte. Debió partir hacia el Alto Perú, a reemplazar a Juan Martín de Pueyrredón
y engrosar el ejército con las tropas de su regimiento.
En
mayo se trasladó a Jujuy e intentó algunas operaciones en la Quebrada de
Humahuaca. Para levantar la moral del ejército, hizo bendecir la bandera por el
cura de la iglesia de la ciudad, Juan Ignacio Gorriti, que había sido
miembro de la Junta Grande. A fines del mes siguiente, el ejército de José
Manuel de Goyeneche comenzó su avance hacia el sur. Belgrano recibió la orden del
Triunvirato de replegarse, sin presentar batalla. Así fue que pergeñó y dirigió
el “Éxodo
Jujeño”, ordenando a toda la población seguirlo, destruyendo todo
cuanto pudiera ser útil al enemigo.
En
su retirada, Belgrano consideró el desesperado pedido de los tucumanos y armó
la resistencia en San Miguel de Tucumán donde, ayudado por Bernabé Aráoz, reunió
varios centenares de soldados. El jefe del ejército de vanguardia realista,
general Pío Tristán, avanzó imprudentemente con sus tropas. En
consecuencia, en el llamado “Campo de las Carreras”, en las afueras de la
ciudad, fueron atacados por el ejército independentista. La batalla
de Tucumán (24 de septiembre de 1812) fue increíblemente confusa. Cada
unidad peleó por su lado, se desató una tormenta de tierra e incluso el cielo
se oscureció por una manga de langostas. Belgrano acampó a cierta distancia, y
sólo al llegar la noche supo que había triunfado. Fue la más importante de las
victorias de la guerra de la independencia argentina.
Belgrano
reorganizó sus tropas y avanzó hacia Salta. El 20 de febrero de 1813 se
libró la batalla de Salta, en la pampa de Castañares, en la que logró un
triunfo completo, haciendo inútil la defensa de las tropas de Tristán. Fue la
primera vez que la bandera argentina presidió una batalla. En la ocasión, se firmó
un armisticio, por el que se dejó en libertad a los oficiales realistas, bajo
juramento de que nunca volverían a tomar las armas contra los patriotas. Esta
decisión le valió a Belgrano las críticas de los miembros del gobierno porteño,
sobre todo cuando el juramento no fue cumplido por los perdedores.
La
Asamblea
del Año XIII premió a Belgrano por sus éxitos en las batallas de
Tucumán y Salta con una espada y una suma de pesos fuertes, que él destinó a la
creación de escuelas.
El
1 de octubre enfrentó al ejército de Joaquín de la Pezuela en la batalla
de Vilcapugio, donde en un primer momento pareció que lograría la
victoria, pero un sorpresivo contraataque realista lo venció. En ella perdió
poco menos de la mitad de sus tropas y casi toda su artillería. Poco más tarde,
el 14 de noviembre, en la batalla de Ayohuma, Belgrano no atinó a ocultar
la disposición de sus tropas, lo que le permitió a Pezuela alzarse con una
victoria realista contundente.
Duramente
cuestionado por el gobierno de Buenos Aires, en enero, Belgrano dejó el mando
del Ejército del Norte al entonces coronel José de San Martín en el encuentro
de La
Posta de Yatasto, Salta. Pocos días después, Manuel regresó a Buenos
Aires, seriamente enfermo.
En
1814 viajó a Europa para negociar el reconocimiento de la independencia ante
las potencias del “Viejo Mundo”, aunque sin obtener resultados. Fue enviado
junto con Bernardino Rivadavia a Londres, para negociar con el gobierno inglés
y con el rey de España.
A
su regreso, a mediados de 1815, impulsó un gobierno de transición que fuera del
tipo monárquico constitucional, proponiendo para el trono a un descendiente
Inca.
Fue
puesto a cargo del ejército de operaciones contra los federales de Santa Fe. Su
segundo fue Eustoquio Díaz Vélez, a quien envió a exigir rendición a los
santafesinos, pero éste acordó el llamado “Pacto
de Santo Tomé” con el gobernador Mariano Vera, en abril de 1816. Por este
tratado depuso a Belgrano como jefe del ejército, colocándose él mismo en su
lugar. Esta rebelión provocó la caída del director Ignacio Álvarez Thomas.
Pocos días más tarde, una comisión porteña firmaría un nuevo tratado con Santa
Fe, que terminaría por ser dejado de lado por el nuevo Director, Antonio
González Balcarce, y por el Congreso de Tucumán, provocando que el caudillo
federal José Artigas y el gobierno de Santa Fe se negaran a enviar
diputados de los pueblos del litoral al Congreso que declararía la
Independencia.
Junto
con José de San Martín y Bernardo de Monteagudo, Belgrano fue uno de los
principales promotores de la Declaración de la Independencia en
San Miguel de Tucumán, el 9 de julio de 1816.
Poco
después, en agosto, se hizo cargo nuevamente del Ejército del Norte; pero no
pudo organizar una cuarta expedición al Alto Perú. Pasó dos años acantonado en
la rústica fortaleza de La Ciudadela.
A
mediados de 1819, cuando estaba ya muy enfermo, el general Rondeau, nuevo
Director Supremo, ordenó que el Ejército del Norte y el de Los Andes
abandonaran la lucha contra los realistas para combatir las rebeliones
provinciales. San Martín sencillamente ignoró la orden, mientras Belgrano
obedeció a medias.
Muy enfermo, se instaló en Tucumán donde fue sorprendido por un motín que lo llevó a prisión. Su médico particular, el escocés Joseph Redhead, intercedió para que no fuera encadenado y convenció al General para partir hacia Buenos Aires.
Dos meses antes de su deceso, Manuel le mandó una carta a su amigo Celestino Liendo (padrino y tío abuelo de su hija Manuela Mónica) en la que dejó en evidencia su preocupación por la niña a la que llama “Ahijadita”:
“Mi muy estimado cumpa:
Nada sé de la familia desde que salí de esa; no he podido escribir, por mis males, y porque además, las incomodidades del camino no me lo han permitido; ya hoy me hallo con algún más descanso y podré repetir lograr esta satisfacción, si mis enfermedades siguen con el alivio que ahora, pues he logrado tener algunas más fuerzas, apetito y sueño. (…).
A mi cuma dígale V. muchas cosas y que no dejen de darme noticias de mi Ahijadita. V. puede figurarse cuánto debe interesarme su salud y bienestar por todos aspectos.
Expresiones mil a Doña Pepa, a Prudencio, recibiéndolas V. con el afecto de la amistad de su affmo.
Manuel Belgrano
Costa de San Isidro 9 de Abril de 1820
Señor Don Celestino Liendo”.
Llegó a la ciudad en plena Anarquía del Año XX, ya seriamente enfermo de hidropesía. Grave y sumido en la pobreza, apenas alcanzaría a “pagarle” a su médico con un reloj de bolsillo.
Redactó su testamento el 25 de mayo
de 1820.
El
general Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano González falleció
en su casa paterna el día 20 de junio de 1820.
Cumpliendo
con su última voluntad, su cadáver fue amortajado con el hábito de los
dominicos -tal como era costumbre entre los terciarios dominicos-, de los que
formaba parte, y fue trasladado al Convento de Santo Domingo, recibiendo
sepultura en un atrio donde el mármol de una cómoda fue su lápida por muchos
años.
Pueblo, ciudad,
Capital Federal y barrio
Cuando
falleció el General Manuel Belgrano, la Sala de Representantes de la Provincia de
Buenos Aires decidió que el próximo pueblo que se fundase sería
denominado con su nombre. Así, en 1855 se creó una población en el extremo
norte de las tierras del exiliado Juan Manuel de Rosas, a la que se denominó,
efectivamente, Belgrano. Gracias a su buena ubicación, el pueblo creció
rápidamente, llegando en pocos años a ser declarado ciudad con la consecuente
creación del Partido homónimo.

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