Algunas versiones indican que, en 1812 –después de
la victoria en Tucumán-, Manuel Belgrano y María de los Dolores Helguero Liendo (nacida en San Miguel de Tucumán, el 13 de
marzo de 1798), tuvieron un casual primer encuentro en el que él quedó
perdidamente enamorado de la jovencita que desbordaba de belleza. Otras afirman
que se conocieron el 10 de julio de 1816, en el gran baile que se realizó en la
Casa Histórica de Tucumán. Lo cierto es que tuvieron un intenso romance, fruto
del cual, a finales de 1818, Dolores quedó embarazada.
Belgrano debió marcharse para
cumplir con sus obligaciones militares y –según la versión más difundida,
aunque sin documentación-, los padres de Dolores la obligaron a casarse con su
primo catamarqueño, Manuel Rivas de Lara.
Manuela Mónica del Corazón de
Jesús nació
el 4 de mayo de 1819. La pequeña fue bautizada el día 7,
siendo sus padrinos Manuela Liendo (abuela de la niña)
y su hermano, Celestino Liendo. Debido a la gravedad de su
enfermedad y a su delicado estado de salud, Manuel Belgrano solicitó una
licencia para atender sus afecciones. Entonces decidió viajar a Tucumán para
conocer a su hija aunque consumió sus últimas energías.
El testamento del General
El 25 de mayo de 1820, Manuel
Belgrano recibió en su casa al escribano Narciso Iranzuaga,
y a José Ramón Milá de la Roca, Manuel Díaz y Juan Pablo Sáenz Valiente, que
oficiarían como testigos.
Diez años después de aquella brillante jornada para
las Provincias Unidas del Río de la Plata, Manuel Belgrano,
uno de los actores principales, estaba postrado en una cama en su casa paterna.
Ante el Escribano y los testigos manifestó: “estando enfermo de la que
Dios Nuestro Señor se ha servido darme; pero, por su infinita misericordia, en
mi sano juicio; temeroso de la infalible muerte a toda criatura e incertidumbre
de su hora, para que no me asalte sin tener arregladas las cosas concernientes
al descargo de mi conciencia y bien de mi alma, he dispuesto ordenar éste, mi
testamento”.
Al principio realizó una extensa profesión de fe
cristiana, con invocación de la Santísima Trinidad, de la Iglesia Católica
Apostólica Romana, la Virgen María y otras advocaciones. Luego solicitó que su
cuerpo fuera “amortajado con el hábito de patriarca de Santo Domingo” y
que lo sepultaran “en el panteón que mi casa tiene en dicho Convento”.
Por otra parte, declaró: “Que soy de estado soltero y que no tengo
ascendiente ni descendiente”, aunque en otra foja se ocupó de aclarar que
su albacea –su hermano Domingo José Estanislao-, “al
cual, respecto a que no tengo heredero ninguno forzoso, ascendiente ni
descendiente, le instituyo y nombro de todas mis acciones y derechos presentes
y futuros”. En otras palabras, encomendaba a su hermano que se ocupara “de
lo que pudiera ocurrir”. En verdad, Manuel Belgrano estaba protegiendo a su
hija Manuela Mónica del Corazón de Jesús. Su
primogénito, Pedro Pablo Rosas y Belgrano, fruto de su
romance con María Josefa Ezcurra, tenía su educación y
futuro económico asegurados gracias a que de alguna manera lo habían adoptado
–aunque la adopción no se estilaba en los términos actuales-, Juan
Manuel de Rosas y su esposa, Encarnación Ezcurra.
Quien quedaba en una situación desventajosa era su
hija natural, Manuela. En consecuencia, encomendó a través del testamento a su
hermano que se encargue de resolver todos los asuntos ligados a la pequeña
tucumana que pocos días antes había cumplido un año de edad y le asignara
filiación.
No declaró ningún patrimonio, sólo deudores y
acreedores. Luego, con las escasas fuerzas que tenía, Manuel
Belgrano firmó su testamento fechado una década después de
la gloriosa epopeya de 1810.
Faltaban algunos días para su cumpleaños y otros
pocos para su fallecimiento…
Manuelita…
En su libro "Manuela Belgrano, la hija del General", Isaías José García Enciso describe:
"El vivir en la casa de los Belgrano y desde luego, a pesar de ser hija natural disfrutar del tratamiento de hija plena y sin distingos, hizo también que Manuela se vinculara con lo más granado y conspicuo de la sociedad porteña. Esto la llevó a participar de reuniones sociales, tertulias y saraos en las casas de mayor renombre y prestigio, como las de las Altolaguirre, Pueyrredón, Balvastro, Escalada y los Alvear, entre otras.
En una de esas fiestas Manuela y Juan Bautista se conocieron.
La niña poseía una inteligencia poco común. Era fina y delicada, formal y de gran carácter y físicamente tenía el tipo de los Belgrano. Un cuadro de ella, pintado por el célebre Prilidiano Pueyrredón, actualmente en poder de la Sra. Casiana Belgrano, descendiente directa de Manuela Mónica y por ende, del mismísimo Gral. Manuel Belgrano, nos muestra el parecido con este, su padre.
Alberdi era un joven brillante, notable abogado, culto y prometedor, animador de las fiestas y saraos ejecutando el clavicordio. Lo que se dice un gran partido, al que aspiraron muchas niñas quedando solo en el suspiro, o en el romance furtivo. Era mayor que Manuela en nueve años.
Todo indica que entre los jóvenes hubo una primera atracción, que llevó a posteriores visitas en la casa donde vivía la niña.
Lo cierto, es que después de un corto tiempo se dieron cuenta que no congeniaban y que una pareja entre ellos no era viable ni conveniente. Y entonces lucidamente cortaron. Por cierto que en muy buenos términos, porque esa primera relación se transformó en una amistad cortés y considerada.”
Al fallecer el canónigo Domingo
Belgrano, la niña quedó al cuidado de su tía, Juana Belgrano González de Chas, y de su nuevo tutor, Joaquín
Belgrano González. Manuela arribó a Buenos Aires en 1825.
Finalmente, de la educación y
el cuidado de Manuela se terminaría ocupando su prima hermana, Flora
Belgrano Ramos de Belgrano, hija del primer matrimonio de Juana (casada
en primeras nupcias con Ignacio Ramos Villamil y luego
con Francisco Chas Pombo). Flora Ramos Belgrano se
casó con su tío carnal Miguel José Félix Belgrano González,
quien se terminaría convirtiendo en el tutor de Manuela al fallecer su tío
Joaquín.
Manuela tuvo al menos cinco
hermanas menores por parte de su madre: Rosenda, Griselda, Susana, Felisa y
Modesta, hijas todas de Manuel Rivas de Lara. Con ellas no tuvo ningún contacto
conocido. Sin embargo, antes de iniciarse la década del ’40, Manuela conoció a
su hermano paterno, Pedro Pablo Rosas y Belgrano, que se hallaba radicado en el
Azul, con quien sí entabló un estrechísimo vínculo.
A fines de 1848, Manuela viajó
a Montevideo (Uruguay), y luego a Pelotas (Imperio
del Brasil), donde se hospedó en el hogar de su primo Juan Francisco
Estanislao Belgrano, que recientemente había sido padre de Juan
Carlos.
De regreso a Buenos Aires -muy
probablemente presentados por Pedro Pablo-, Manuela Mónica y Manuel
Vega Belgrano iniciaron un romance del que se desconoce su
duración. Finalmente, el 30 de mayo de 1853, en la ciudad de
Buenos Aires, contrajeron matrimonio.
Manuel y Manuela tuvieron seis
hijos: Gregoria Flora “Florita” (9 de mayo de 1854,
Buenos Aires; falleció el 2 de mayo de 1891, Buenos Aires); Manuel
León (junio de 1855, Buenos Aires); Manuel Félix (20
de noviembre de 1857, Buenos Aires; falleció el 28 de agosto de 1875, Buenos
Aires); Carlos Manuel Silvano (nació el 2 de diciembre
de 1858, Buenos Aires; falleció el 19 de abril de 1930, Buenos Aires); Josefa
Luisa Nicolasa (nació el 10 de septiembre de 1860, Buenos
Aires); Máxima Josefa del Corazón de Jesús “Pepita” (nació
el 30 de julio de 1862, Buenos Aires; murió el 1 de agosto de 1864, Buenos
Aires).
¿En Azul?
Según afirma Yuyú
Guzmán en su libro “Estancias de Azul”, Manuela
Mónica del Corazón de Jesús Belgrano de Vega Belgrano vivió algún tiempo en
Azul. Para tal aseveración la escritora se basa en una carta de su hijo, Carlos
Vega Belgrano, escrita en París, en la que éste asegura en
referencia al pueblo:
“… tengo muchos deseos de ir a
este lugar que estuvo a punto de ser el de mi nacimiento… Allí formó mi padre
la fortuna que yo no supe conservar…”
La frase es contundente, pues
si su madre no hubiera conocido Azul –y hasta podríamos agregar estando
embarazada-, lo dicho por Carlos no tendría sentido. Asimismo, vale marcar que
Manuel Vega Belgrano –esposo de Manuela y padre del autor de la afirmación-,
poseía múltiples propiedades en el pueblo y en la campaña, pasando prolongadas
y frecuentes estadías en estos pagos, por ende, no es desmesurado suponer que
podría haber compartido alguna estadía con su esposa en el Azul.
La Madrina
El 24 de diciembre
de 1860 Manuela le escribió a Pedro Pablo:
“Mi querido hermano:
Siendo imposible a Manuel y a
mí asistir a que le pongan el óleo a nuestro ahijado Manuel Casimiro del
Corazón de Jesús, te pido admitas a Pedrito en nombre del padrino que haga sus
veces, así como que Dolorcitas me represente, para lo cual, creo, no haya
dificultades (…) Mi tía Juana y demás familia envían sus afectos y yo la
bendición para mi ahijado y para ti, el afecto de tu hermana.
Manuela Belgrano
y su Compadre
Manuel B. Belgrano”.
Tras la muerte de su tía Juana
Belgrano de Chas, Manuela Mónica le solicitó a su prima Flora Ramos
Belgrano -viuda de Miguel Belgrano e hija de Juana- que junto con
su hijo Luis Belgrano Ramos vayan a vivir con ella.
Ambos aceptaron, mitigando los momentos de soledad que vivía la hija del
General dada la ardua tarea de su esposo.
Las actividades en el hogar se
tornaron más amenas para Manuela y sus hijos gracias al cariñoso accionar
de “Mamá señora”, apodo con el que nombraban amorosamente a
Flora o “la tía Flora” como le decía Manuel a pesar de ser
prima suya y de su esposa.
Una partida prematura
Aquejada por su endeble salud,
a lo que se sumó la muerte de su pequeña hija “Pepita” en
agosto del ’64, Manuela entró en un pronunciado deterioro anímico y físico.
Con apenas 46 años de edad,
luego de estar casi un año postrada, Manuela Mónica del Corazón de
Jesús Belgrano de Vega Belgrano falleció en su hogar de la calle
Potosí Nº 376 de la ciudad de Buenos Aires, en la mañana del 5 de
febrero de 1866. Su deceso quedó asentado en el Acta Nº 70 del Libro de
Muertos de la Parroquia de Monserrat, siendo testigos Domingo Belgrano y José
M. Suárez. Finalmente sus restos fueron inhumados en el Cementerio
de la Recoleta.
Poco después, Manuel dispuso
que sus dos hijos varones, Manuel y Carlos, se incorporaran al Seminario
Inglés como alumnos internos. Mientras que “Florita” quedó
al cuidado de su prima Flora y de su madrina y prima Josefa Chas Belgrano.
Manuel Vega Belgrano continuó
viajando entre Azul y Buenos Aires. Casi una década más tarde, antes de
fallecer, Manuel nombró albacea y tutor de sus hijos menores a Luis
Belgrano Ramos.

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